En el recuerdo /// Puso sus manos en el cacharro azul que le raspaba los dedos con el óxido salido. Escuchaba el fuego azul, amarillo, verde y rojo que cargaba el aire con sonidos de ramas secas. Observó después de un rato también como surgían débilmente del fuego cosas que escapaban con pasos alargados a su comprensión. Un eucaliptus entre el calor fatuo del fuego caliente, habría un espacio en el tiempo, así como algunas silenciosas figuras danzantes que bailaban y que yo sólo veía. El tarro en mis manos estaba burbujeando entonces le dió un trago y tembló, tenía hambre y ganas de vomitar por cierto dolor. Se escuchaba el silbido quejumbroso de un pajarraco en algún lugar de esa espesa niebla salvaje de la montaña. Sin pensar, sacó de su mochila un rudimentario abrigo con olor a humo con la figura desvanecida de un coyote gris descascarrada y más que arrugado, húmedo a la vez con el cual me seco la boca y se lo puso de capucha. Yo me preguntaba si alguna vez recordaría el cielo azul oscuro de esa noche en la que entendí que vislumbrar lo oculto del misterio es algo reservado solo para almas perdidas a punto de no desvanecerse, por qué niegan la inevitable continuidad del recuerdo en una existencia por demás ilusoria?. Aunque tenía la cabeza como una calabaza asada, seguía sintiendo, por lo bajo, un frío amenazador en los pies. Una araña se deshizo de repente en las llamas y entendí que todo era, al fin pasajero como las telarañas del tiempo. Del otro lado, una persona invisible me miraba atraz del humo haciendo señales locas en algún idioma extraño que yo no llegaba a decifrar, tal vez sería el lunático errático del que me habían hablado en el sueño aquel ese invierno triste que me repetía con insistencia que no dilapidara horas enteras entreteniendo azarosas experiencias por medio de los sentidos de la percepción ordinaria. Una rama se quebró entre los brazos y una pareja de jóvenes durmieron abrazados a mi izquierda. Y vacíé el tarro en el fuego y me fui a caminar por el cerro. Pero, después, en el solitario transcurso del recorrido pensaba si sería del todo necesario llegar hasta lo más alto de la montaña, no tenía ya muchas ganas de empezar a atestiguar el movimiento de las estrellas, por lo que opté por desplegar mis alas peludas y en un cerrar y abrir de ojos volé un rato flasheando hasta reconocer ese punto amarillo que era lo que quedaba del fogón allá abajo, a los pies del cerro, lejos, muy lejos que se enteeveia por encima de los árboles. Y al aterrizar dudé si no es preferible perderse entre las nubes de la noche oscura, creo que no. Pero por lo pronto al final no sé dónde quedó la vitalidad de esos años.
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