El teléfono sonó en la habitación durante tres cuartos de hora y yo no podía atender. Te lo juro. Pensaba que podía ser ella. Qué le diría? Qué sentido tenía ocultar ante nosotros mismos el deambular anímico de mí yo profundo de segunda mano. Enroscados como el cable del teléfono mís pensamientos más desacertados se enredaban injustamente en un estado de quietud y sopor lamentable y horroroso que no me permitan salir la inmovilidad de la silla de metal. Ese angustioso ansiar de la ansiedad-la-ansiedad, la pereza afectiva del corazón y el desorden en el rejunte azaroso de mis recuerdos pueriles, constituian la gama gris de la intoxicación afectiva. Y un odio malsano, un bajón amargo que desembocaba en aquella boleta a la salida del Hipico. Sigo en números rojos, y el disco del teléfono vuelve sobre sus pasos cada vez que marco 4544 una mosca sobrevuela alrededor mío y del teléfono.
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