SOCRATES
Hallabase durmiendo envuelto en sus propias vestiduras entre la comodidad de su catre de hospig贸n oculto y depresivo en la m谩s despiadada oscuridad. Como si no fuera 茅l no propio Plat贸n, antes de beberse aquella cicuta, sus propios amigos convalecieron ante su pesar, ante la compasi贸n que les desde帽aba la liturgia sombr铆a de aquella noche aquelarre en camis贸nes. La triste figura deambulaba inm贸vil, cu谩l fantasmas que dialogaban rodeando las bellas s谩banas acartinozas del pedestal de la cama. De la s谩bana africana emergi贸 un solemne tigre-le贸n que no era sino, una visi贸n retiniana de su aventurosa y radiante imaginer铆a de caballero de la Orden de la Desobediencia. Se adivinaban quejidos ahogados, los at贸nitos amigos empezar铆an a llorar, cuando la fiera atorranta se comi贸 de un bocado de a Arist贸fanes, su leg铆timo enemigo no bautizado en comuni贸n. Pero la culebra, que yac铆a inm贸vil pero temblorosa bajo la cama, suspiro de miedo. Pues dicen que sus miedos inconfesos eran tan pueriles que una vez transcripto en reposo reptilico una boga constructor le abri贸se la celda para que escapara de Atenas, de Esparta, de Grecia. As铆, y no de otro modo, fuese en buena f茅 que Hip贸crates concilio su sue帽o final ...y pas贸 a mejor vida.
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